Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles

Muy recientemente ha reabierto la centenaria taberna Los Gabrieles, que ha estado cerrada durante más de veinte años. Buen momento para ver cuál ha sido su pasado cinematográfico.

Los Gabrieles abrió en el número 17 de la calle Echegaray en 1910 como un colmao y restaurante económico que pronto se convertiría en flamenco. Si bien sus muros estaban al principio decorados con murales con motivos de paisajes andaluces, pocos años después empezaron a llenarse de azulejos de cerámica que muchas veces eran reclamos publicitarios patrocinados por diferentes marcas de bebidas y alimentos, componiendo todos ellos, los decorativos y los publicitarios, un abigarrado espectáculo. Los diseños fueron de reputados artistas: los andaluces Alfonso Romero Mesa, Carlos González Ragel, Enrique Orce Mármol y Enrique Guijo Navarro.

Gozó de gran predicamento entre los pudientes y las gentes del mundo de la cultura, pero parece que a finales de los años 50 el local fue a menos. Es a partir de este momento, sin embargo, cuando empieza a rodarse en él, pues la primera aparición que he conseguido constatar es de los 60 -dato que siempre hay que tomar como provisional-.

Paco, el protagonista del drama El espontáneo (1964), es un joven pobre y un tanto golfo que ha perdido su trabajo y anda buscándose la vida. Le vemos con sus amigos en uno de los salones de la taberna -que parece haberse convertido en un lugar más frecuentado por las clases populares- en una escena que empieza con una versión publicitaria (un anuncio de la bodega jerezana Sánchez Romate) de El triunfo de Baco, de Velázquez, realizada por Enrique Guijo.


Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles

Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles

Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles
El espontáneo (Jorge Grau, 1964)


Un giro de la cámara nos permite apreciar un pedacito de la obra quizá más espectacular de la taberna: una esqueletomaquia de González Ragel (también conocido por su apodo, Rajel). Se trata de un anuncio de Fino Clarita que representa un cuadro flamenco en el que todos los personajes (guitarrista, bailaora, espectadores y hasta el propio artista) han sido reducidos a sus esqueletos. El fragmento que podemos ver en la película nos muestra a la bailaora, de la que vemos la cara y un raído mantón:


Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles
El espontáneo (Jorge Grau, 1964)

Muy próximo en el tiempo, el drama de ambiente taurino y flamenco De barro y oro (1966) tiene también una escena en nuestra taberna. En ella vemos entrar a Lola, una de las dos personas que intentan ayudar al protagonista, Manuel, un joven que ha llegado a Madrid con la ambición de ser torero.


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Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles
De barro y oro (Joaquín Muro Bollo, 1966)

En las imágenes podemos apreciar la parte baja de la barra de la planta baja y cómo esta estaba también recubierta de azulejos, que desaparecieron en una reforma posterior. También, como nota curiosa e indicativa del carácter popular del lugar, vemos en la entrada unas cortinas llamadas alpujarreñas o castellanas o manchegas, de las que hasta hace unos años era tan común ver en las casas rústicas.

Efectivamente, Manuel está en el local, y también está su otro amigo, Juan, un cantaor arruinado que se gana la vida cantando por las tabernas.


Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles
De barro y oro (Joaquín Muro Bollo, 1966)


Detrás de ellos, presidiendo una sala con mesas, está un mural cerámico que publicita las famosas galletas Olibet fabricadas en Rentería. El mural fue diseñado por Alfonso Romero y está inspirado en una escena del Quijote, quizá en alguna de las que se desarrollan en el palacio de los Duques aragoneses que se burlan del hidalgo.

La preciosa caja registradora que vemos detrás de Manuel, a la derecha, no resistirá, como los azulejos de la barra, el paso del tiempo.


Dos años más tarde, el drama musical Los flamencos (1968) no podía por menos que mostrar este magnífico escenario. Diego, bailaor retirado a la fuerza por temas de salud, viene a Madrid, donde coincide con la mujer a la que ama, pero que le dejó por otro. Diego, celoso y desesperado, vaga de taberna a tablao y de tablao a taberna, y una de las que frecuenta es la de Los Gabrieles. En la primera imagen vemos también al fondo un fragmento del mural de galletas Olibet (como también observamos la pérdida de glamour de este local por obra y gracia de la máquina de bolas):


Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles
Los flamencos (Jesús Yagüe, 1968)

Aunque la escena es bastante larga y se rueda desde distintos ángulos, los azulejos no son nunca los protagonistas sino el telón de fondo de los distintos grupos que conversan:


Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles

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Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles
Los flamencos (Jesús Yagüe, 1968)

A la salida, otra vez la humilde cortina rústica  y los azulejos de la barra:


Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles
Los flamencos (Jesús Yagüe, 1968)


La cinematografía de los 60 nos muestra esta taberna como un lugar que da cobijo a hombres jóvenes, un tanto taciturnos y con un futuro incierto; hombres que parecen destinados al fracaso. A finales de los 80, y pasando ya al color que da viveza a las obras cerámicas, aparece en estos lares, en cambio, un personaje absolutamente vitalista, a pesar de su a veces precaria situación: el extorero José Álvarez, cuyas andanzas llevaron al éxito a una serie muy recordada aún. Esa serie llevaba el nombre del apodo del protagonista: Juncal (1989).

Los Gabrieles se convierte en el Café Español de Sevilla, pues en dicha ciudad se sitúa la acción de la mayor parte de la serie, y lo hace desde el primer segundo del primer episodio: las imágenes que aparecen tras los créditos iniciales son fragmentos de los murales cerámicos de esta taberna. 


Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles

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Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles
Juncal (Jaime de Armiñán, 1989)


Dado que es el sitio favorito del protagonista, el supuesto Café Español es escenario de la serie en cuatro de los siete capítulos de la serie, y en él se rodó la escena final. En las dos décadas que habían pasado los cambios habían sido mínimos; vayamos viéndolos.

Primero, la caja registradora, que ha cambiado de lugar y, sobre todo, de forma.


Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles
Juncal (Jaime de Armiñán, 1989, capítulo 3)

Segundo, las cortinas rústicas han desaparecido para ser sustituidas por un más delicado visillo.


Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles
Juncal (Jaime de Armiñán, 1989, capítulo 2)


Tercero, y es el único realmente importante: se ha quitado la barra de azulejos y se ha sustituido por una de madera.


Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles
Juncal (Jaime de Armiñán, 1989, capítulo 2)


Por lo demás, todo sigue igual, al menos en la planta baja, donde se rodaron todas las escenas de esta serie:

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Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles
Juncal (Jaime de Armiñán, 1989, capítulos 2 y 7)


Nos queda una última película, y es una muy especial: el drama Sinfonía de ilegales (2005), que se rodó cuando la taberna estaba a punto de cerrar. Julio es un joven profesor de piano que tiene sida y un cáncer terminal; se lo está contando a su mejor amigo, Alberto, en la sala de la taberna en la que se encuentra, justamente, la esqueletomaquia de Rajel. Esqueletomaquia es un término acuñado por el propio pintor para designar su manera de presentar a los personajes convertidos en esqueletos pero reconocibles. Julio le cuenta a su amigo Alberto que, en lo que le queda de vida, quiere componer su primera y última sinfonía, con la ayuda de músicos inmigrantes que se ganan la vida en la calle. Sus palabras se van alternando con detalles de los murales: dos de la esqueletomaquia de Rajel y una de un anuncio de la bodega Rainera Pérez Marín diseñado por Enrique Guijo que parece representar a un Quijote que, en lugar de con gigantes, lucha contra grandes barricas:


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Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles

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Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles

Madrid y el cine: La taberna Los Gabrieles
Sinfonía de ilegales (José Luis de Damas, 2005)


Espero poder ir pronto, y lo hago deseando que no haya ocurrido en ella lo que ha pasado en el Gran Café de Gijón (de cuya imagen cinematográfica me ocupé antes de su reapertura: Gran Café de Gijón), ahora estúpidamente llamado Cappuccino Grand Café Gijón, o sea, que no se haya convertido en un lugar para turistas ricos. Tengo el presentimiento de que en este caso no quedaré decepcionada.



Para saber más:

Giménez, M.R. (2016): Los Gabrieles de la calle de Echegaray. Blog Antiguos cafés de Madrid.


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